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24 de Febrero del 2004

Haciendo las maletas (II)

París

Llegué a París a media mañana. Tenía reservada una habitación en un hotel de esos en los que no preguntan tu nombre en recepción. Me recibió el dueño, un hombre de raza negra que me dio las llaves de mi cuarto y una guía de ocio por dos euros.

Recorrí a pie el centro de la ciudad. Había llovido durante toda la noche y olía a asfalto mojado, a prisa y a tierra húmeda. Compré una boina negra junto al Louvre para meterme más en mi papel. Cuando cayó la tarde subí al metro para ir al Barrio Latino, donde esperaba cenar algo decente y hacer una visita exhaustiva a los bares locales.

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Yo estaba solo en el vagón, distraído viendo pasar las estaciones por la ventana, pensando en cualquier cosa. No sé en qué parada se subió ella. De pronto advertí que alguien se había sentado en el asiento de al lado. Esbocé una sonrisa y me giré un poco para poder verla. Era una chica, más o menos de mi edad, supuse. No recuerdo bien su cara: sé que era morena, sé que tenía los ojos verdes, sé que me gustó.

Bon soir, susurró y me sonrió. Bon soir, respondí. Un minuto después estábamos charlando de la noche parisina en mi precario francés. Para mi alivio continuamos la conversación en inglés. Me habló de su vida, me dijo que no era de París y que echaba de menos su pueblo tranquilo, que odiaba su trabajo y el barrio de las afueras en el que vivía. También me confesó que le daba vergüenza hablar con un extraño en un vagón de metro vacío.

Sentí en mis dedos helados un calor dulce. Había puesto su mano sobre la mía y me abrigaba el corazón con sus ojos, con su mirada clavada en los míos. "Me preguntaba si... ", empezó. Dudaba; la animé con una sonrisa, y siguió: "...no sé, ¿quieres venir conmigo a cenar? Después podemos ir a un bar que conozco, y..." dudó de nuevo. "...Y quizá a mi casa."

Clavé la vista en sus manos finas y suaves. Pensé en una caricia de esas manos. O en un beso de sus labios, ronroneando susurros de amor en mi oído. Recordé la soledad de la carretera y el cansancio de los kilómetros. Imaginé el fin del camino, un horizonte con ojos verdes en una ciudad de luz.

En ese momento una voz anunció que habíamos llegado a la parada del Barrio Latino. La miré a los ojos. Au revoire, pleased to meet you. Bajé del vagón y salí a la noche de París.

Dicho por Santo at 24 de Febrero 2004 a las 07:50 PM

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