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31 de Agosto del 2004

Sueños

“Hay sueños que cruzan las puertas de hueso y son ciertos;
otros hay que cruzan las de marfil y son falsos.”
Neil Gaiman

Narcolepsia. n. f. Neurol. Tendencia irresistible al sueño, que sobreviene por crisis.

Lo primero que hizo nada más volver de la consulta del doctor Pérez fue buscar la palabra en una enciclopedia. “Narcolepsia”. Le había dejado algo preocupado tanto tecnicismo. “Caballero, por lo que me cuenta usted su problema consiste en que se queda dormido en los momentos más inoportunos.” Y era un gran problema. Tuvo que dejar de conducir, y tampoco podía fiarse de los autobuses: la mayoría de los días se saltaba su parada en duermevela y aparecía en el otro extremo de la ciudad. Estaba a punto de perder el trabajo por dar cabezadas en la mesa de su oficina. Ni siquiera era capaz de tareas tan simples como hacer la comida, porque el silbido de la olla le adormecía. “Es un caso de narcolepsia aguda”, siguió el doctor, “seguramente provocado por algún grave trastorno del sueño”. Ligeramente alterado por lo que estaba escuchando, preguntó con voz temblorosa qué medicamento debía tomarse. “No le voy a recetar nada hasta que no descubramos la causa de su dolencia. Le recomiendo una cosa: pídale esta misma noche a alguien que le observe mientras duerme. Que vea si se mueve mucho, si ronca, si tose... Y vuelva después para contármelo.”

Volvió a su casa muy nervioso (lo que no quitó que echara una cabezadita en el autobús). Tras averiguar lo que significaba la palabra “narcolepsia” llamó a su hija, una joven estudiante que pasaba el día de acá para allá y no le tomaba demasiado en serio.
–Hija mía, tengo que decirte que estoy muy grave. Según el doctor, padezco una terrible narcolepsia, provocada por graves trastornos del sueño – le dijo hundido en el sillón con voz dramática. Su hija murmuró algo que se parecía sospechosamente a un “ya estamos otra vez” y le respondió conteniendo la risa:
–Papá, eso quiere decir que no duermes bien por las noches y te quedas dormido de día.
–¿Y no te parece grave? ¡Tu padre está a punto de perder el trabajo por ese problema! – exclamó Segismundo, sinceramente ofendido por la falta de sensibilidad de su hija –. El caso es que necesito tu ayuda. El doctor me ha dicho que no puede recetarme nada hasta que no sepa por qué no duermo bien por las noches. ¿Te importaría..., te importaría quedarte despierta un rato esta noche, para poder decirle al doctor cómo duermo? Si ronco, si toso, si me muevo...
–Papá, tengo un examen mañana...
–¡Por el amor de Dios! ¡Soy tu padre! ¿No vas a sacrificarte por la salud de tu padre? – volvió a decir indignado.
–Mh. En fin. Está bien. Me quedaré despierta un rato. – rezongó mientras volvía a su cuarto. – Avisa cuando te vayas a dormir.

Al rato ya estaba Segismundo arrebujado en la cama, y su hija sentada en una silla, enfrente, resistiendo el sueño como podía y dispuesta a no esperar más de media hora para irse a dormir. No era la primera vez que tenía que asistir a su padre por alguna extraña enfermedad. Lo veía respirar profundo, tranquilo. Una vez más debía de ser otra de sus tonterías. Se levantó con cuidado de no hacer ruido y salió del dormitorio, camino a su cuarto. Cuando ya cerraba la puerta escuchó un ruido en el pasillo. Extrañada, se asomó a ver qué ocurría.
...¡No podía ser!
Corrió al salón a por la cámara de vídeo. De otra forma nadie le creería. La encendió y se apresuró hacia el pasillo. Su padre caminaba con lentitud, los ojos abiertos de par en par y los brazos caídos, en dirección a su despacho. Abrió la puerta muy despacio y entró. Ella le siguió, grabándolo todo. ¡Así que era cierto! Por una vez no se había inventado una dolencia tropical. Sin moverse, paralizada por la sorpresa, vio cómo Segismundo apartaba la silla del escritorio y se sentaba. Poco a poco, sin prisas, como un experto mimo, gesticuló como si escribiera. Tomó de donde no la había una pluma, la cargó en un tintero inexistente y estiró un papel invisible; bajo él colocó un ilusorio papel secante, y comenzó a escribir, o mejor dicho a no escribir. Cada cierto tiempo le ponía el capuchón a la pluma, apartaba la hoja que, supuestamente, acababa de terminar, y colocaba otra para seguir su tarea.
Pasó así un largo rato. Después guardó la pluma y cerró el tintero; amontonó las fingidas cuartillas escritas y tiró a la papelera de un manotazo el hueco donde debería estar el papel secante. Terminado todo, se dirigió de nuevo a su dormitorio, apartó las mantas y volvió a ovillarse en la cama. No se movió más en toda la noche.

******

Sonambulismo. n. m. Comportamiento motor automático más o menos adaptado que se produce durante el sueño. Más frecuente en niños que en adultos. El sonambulismo no va asociado a ninguna enfermedad concreta en los niños, mientras que en los adultos suele deberse a una patología mental importante.

“Dios mío. ¡Una patología mental importante!”. El pobre Segismundo no pensaba en otra cosa desde que su hija le puso el vídeo. Alterado, corrió esa misma mañana al doctor y se lo entregó en mano, explicándole lo que había pasado. El médico procuró no parecer preocupado al decirle que el problema escapaba a sus conocimientos. Le dio la tarjeta de un colega suyo, especializado en psiquiatría. Seguramente él sabría ayudarle.
Segismundo estaba espantado. ¡Un psiquiatra! ¡Le tomaban por loco! No podía ser, él sólo tenía un problema de sueño. Volviendo a casa, entre cabezada y cabezada, recordó que una vez leyó algo en una revista sobre las teorías de Freud. Al parecer el subconsciente se libera en el sueño, y puede expresar aquello que preocupa al yo consciente. Decidió visitar a un psicoanalista. Seguramente él sabría interpretar lo que ocurría. Pasó toda la tarde llamando a doctores con nombres extrañísimos; al fin, un tal doctor Schnauzer le dio cita sin demora para la mañana siguiente. Esa noche se aseguró por completo de que se repetía el sonambulismo, el ritual de la escritura fantasma. A la mañana siguiente cruzó tan ojeroso como de costumbre la puerta del tal Schnauzer. El doctor era un hombre delgado y bajito, con poblada perilla encanecida, ojos de ratón y nariz ganchuda. Movía las manos nerviosamente, y se colocaba sin parar las gafas sobre el puente de la nariz. Se presentó como seguidor y actualizador de las teorías freudianas; según sus palabras, sus investigaciones eran reconocidas en toda Alemania, y ahora había venido para abrirse nuevos horizontes.
–Herr, échese ahí y póngase cómodo. – dijo con un fortísimo acento alemán, indicándole un diván de cuero rojo que lucía en medio del despacho. – Y ahora, cuénteme su problema. – el doctor escuchó impávido, tomando innumerables notas en su libreta. Después formuló dos o tres preguntas, aparentemente sin relación alguna con el tema (“¿A qué se dedica?”, “¿Cómo fue su infancia?”, “¿Tiene usted problemas en sus relaciones sociales?”). Durante unos minutos permaneció callado, con rostro pensativo, mirando la libreta. A veces alzaba un dedo y abría la boca, como a punto de decir algo. Anhelante, el paciente alzaba la cabeza, para volver a reposarla decepcionado cuando el doctor callaba, tachando algo del cuadernillo y murmurando incoherencias en alemán. Al fin, Schnauzer se levantó y paseó por la habitación.
–¿Qué tengo, doctor? – preguntó Segismundo sin moverse del diván, con tono tembloroso.
–Mmh... – dudó. Se detuvo. Volvió a caminar y al fin se decidió a hablar –. Parece que estamos ante un claro caso de dualidad narcoléptico–sonámbula personal.– dijo muy seguro de sí mismo.
–Ah, claro... – musitó el enfermo – ¿Y eso qué significa, doctor?
–Significa que su yo subconsciente necesita con urgencia hablarle a su yo consciente. Para que me entienda: hay algo dormido dentro de usted que necesita contarle algo a usted para que lo sepa cuando está despierto. Me dijo que era usted secretario. Se pasará el día redactando cartas, informes, fichas... Y también me dijo que es usted bastante tímido y no le gusta tratar con desconocidos ni hablar en público. Probablemente no se le ocurre otra forma de hablar consigo mismo (quizá para usted mismo un perfecto desconocido) que escribiéndose.
–¿Y qué me recomienda, doctor? – respondió el pobre Segismundo sin haber entendido nada, y por tanto cada vez más preocupado. En este momento le daba exactamente igual averiguar qué tenía y por qué: sólo quería saber cómo curarlo.
–Sinceramente: ni idea. Es la primera vez que trato con un caso de estas características. No se me ocurre ninguna solución definitiva. – calló durante unos segundos, y al fin añadió: – Probemos una cosa. No recoja su mesa antes de acostarse esta noche. Deje encima papel, pluma y tintero. Puede ocurrir que no trace más que líneas sin sentido sobre el papel. Pero, claro está, también puede pasar que componga un texto más o menos legible, y a partir de él podamos tratar de curar su problema. – esto comenzó a aliviarle. Al fin podía hacer algo para tratar de curarse. El doctor se dirigió a su mesa y le indicó que ya podía levantarse. Le pasó un cheque a su nombre en el que lucía una cifra muy abultada, que Segismundo firmó distraído, sin dejar de pensar en su problema. Cogió la factura que el doctor le tendió y se despidió, prometiendo volver al día siguiente con los papeles que escribiera.

******

Obsesión. n. f. (lat. Obsessionem, bloqueo, der. De obsidere, asediar). Idea o preocupación que no se puede alejar de la mente.

Preparó los útiles de escritura con mimo. Encendió una pequeña bombilla en la habitación, una tenue luz que le ayudara a escribir sin despertarle. Dejó la puerta abierta y la aseguró para que no se cerrara. Calculado hasta el último pequeño detalle (dependía de ello su salud), se acostó y esperó a dormirse.

La noche pasó blandamente, y amaneció con desgana un día nublado de invierno. Sonó el reloj a la hora de siempre, y Segismundo se despertó con la habitual sensación de haber dormido mal. Se levantó algo desorientado, y tras unos segundos mirándose los dedos de los pies lo recordó todo. Corrió impaciente hacia su despacho. Encendió las luces y miró encima de la mesa...
No había en ellas líneas ni dibujos. Ni siquiera había palabras sueltas: las incoherencias que dicta la luna al oído en las horas del sueño. El doctor dijo que podía ocurrir lo improbable, que hubiera un pequeño texto con algo de estructura interna. Se quedó corto en sus apreciaciones. ¡Allí había nada menos que quince, quince páginas perfectamente escritas de una historia! Un relato de narración ágil en que él mismo era el protagonista. Aunque no era exactamente él mismo. Entiéndase: el personaje era un tal Segismundo Morales, de profesión secretario, con una hija joven estudiante. Pero no era la misma persona. Al comienzo de aquellas líneas Segismundo trababa amistad con un hombre que luego resultaba ser narcotraficante; a la vez, era captado por la policía para hacer de agente doble e introducirse en su organización criminal, y así desmantelarla. El verdadero Segismundo nunca haría algo así, claro está. Era demasiado arriesgado. Peligroso. Sin embargo, en aquellas páginas se atrevía a enfrentarse con hombres armados; a conducir coches a velocidades de vértigo; era ingenioso, mordaz, seductor. Y su hija le admiraba.

Aquello no tenía sentido. Ningún sentido.

Corrió a la consulta del doctor Schnauzer. Éste le esperaba tras su escritorio de madera oscura, con los hombros encogidos y un vaso humeante de café negro entre las manos. Le saludó con una inclinación de cabeza y rogó a herr Segismundo que se sentara. Sin mediar palabra cogió las páginas que el nervioso hombrecillo le tendía y las leyó con avidez. Cuando terminó levantó la vista hacia él con incredulidad.
–¿Está seguro de que esto lo ha escrito esta noche y no es una broma de su hija? – mientras hablaba, seguía releyendo una y otra vez las cuartillas.
–Seguro, ella nunca me gastaría una broma así. Vamos, doctor, dígame qué significa todo esto. ¿No creerá usted que le estoy engañando?
–No, no lo creo.– “nadie pagaría mis facturas sólo para reírse de mí”, pensaba Schnauzer (y con razón). Permaneció aún unos segundos callado, y dijo al fin: – Le hablaré con sinceridad, herr Segismundo. No entiendo nada. Quizá esto signifique que a su subconsciente no le gusta algo de usted y trata de decírselo; o se trate de una liberación de fantasías reprimidas. El caso es que la única persona que le conoce a usted tanto como para descifrar las claves secretas de este texto es usted mismo. Herr, el único consejo que puedo darle es que espere. Siga dejándose la pluma cada noche, siga leyendo lo que escriba (si es que vuelve a escribir algo). Y trate de entender la llamada de su subconsciente – terminó dramáticamente. A Segismundo aquello del subconsciente le sonaba a chino, pero asintió. Firmó el cheque que le tendió el psicoanalista y, guardando la factura en la cartera, se marchó entristecido.

Siguió el consejo del alemán. Durante varias noches la historia se desarrolló. El personaje fue tomando forma en las cuartillas: era él, tenía rasgos inequívocos suyos (expresiones, costumbres y manías que quedaban reflejadas con fidelidad en el texto) pero a la vez era una persona totalmente distinta. Ahora estaba metido en una complicada trama de corrupción y poder. Se había infiltrado con éxito en la organización criminal y había subido puestos con mucha facilidad gracias a sus habilidades. Sin embargo ahora la policía le daba la espalda. Algo olía mal en todo aquello, y su vida corría peligro; tal vez fuera sólo un peón en un extraño juego, pero tenía que descubrirlo antes de que todo acabara mal para él. A la vez había conocido a la mujer de uno de los narcotraficantes. Se enamoraron nada más verse, y entre besos clandestinos se juraron fidelidad eterna.

Segismundo leía cada mañana la historia con avidez. Aunque se veía en el relato como un completo extraño, se sentía protagonista, pues sabía que era él, siempre él, quien se comportaba como un héroe. En cuestión de días se operaron cambios profundos. Para empezar había desaparecido su problema de narcolepsia. Cada mañana, por unos momentos, se sentía grande, valiente, seductor, ingenioso. Salía de su casa muy animado; caminaba hacia el trabajo con paso firme y seguro. Comenzó a mirar a la cara a la gente cuando hablaba. Puso en su sitio a su jefe, que trató (una vez más) de tenerle más horas de la cuenta en la oficina. No se lo podía creer, ¡él, Segismundo Morales, secretario, parándole los pies a todo un director! De vuelta al hogar saludaba a su hija con efusión. A veces era capaz incluso de arrancarle alguna carcajada con un chiste o una broma aguda. Ella no se lo podía creer; su padre parecía otra persona; más de una vez le preguntó si había pasado algo que ella no supiera. Tal vez, pensaba, se hubiera enamorado. Nunca lo había visto así.

Sobre el papel, su otro yo comenzaba a descubrir las claves para desentrañar el enigma. Efectivamente, había peces gordos metidos en el asunto. Averiguó algunos nombres, pero seguía sin entender qué significaban y por qué le habían metido a él para investigarlo todo. Mientras, su relación con aquella misteriosa mujer se había distanciado, pues el marido, sospechando algo, dobló la vigilancia sobre ella. Cada vez estaba más inmerso en aquella historia. Sin darse cuenta incorporaba a su personalidad rasgos de la de aquel otro Segismundo, tan distinto a él. Día a día estaba más inmerso en todo aquello. Cuando llegaba al punto final de la lectura una curiosidad terrible le mordía las entrañas. La narración siempre se cortaba en los momentos más emocionantes de la historia. Necesitaba saber qué pasaría a continuación, qué iba a hacer él ahora que estaba cara a cara con un narcotraficante que le decía: “Hay algo en ti que no cuadra”. O ahora que se enfrentaba a dos matones. En una semana, Segismundo se aficionó tanto a la historia que casi no pensaba en otra cosa. Se pasaba las horas en el trabajo deseando que llegaran las tres, para poder volver a casa y releer las cuartillas de la noche anterior. El resto de la tarde la consumía en revisar las de días pasados para no olvidar detalle, en hacer anotaciones, y en desear con todas sus fuerzas que tardara menos en llegar la noche. La noche, para poder soñar; soñar esa historia maravillosa que le había cambiado la vida. A veces intentaba continuar escribiéndola despierto, pero le resultaba imposible. No se le ocurría ni una sola palabra. Otras veces trató de dormir toda la tarde, para ver si así podía adelantar el siguiente capítulo. Pero el hechizo sólo se repetía de noche.

Su hija, al principio encantada con el cambio, comenzó a preocuparse. Su padre había pasado de ser un hombrecillo gris a un caballero encantador en cuestión de días; y de golpe se había vuelto meditabundo y hosco. Sólo si ella le preguntaba por lo que había pasado la noche anterior recuperaba el entusiasmo. Se ponía de pie y le contaba todo con pelos y señales, gesticulando, cambiando la voz para cada personaje: cómo él había tumbado a los sicarios de una banda rival; cómo había huido saltando por un precipicio con su coche; repetía las frases apasionadas que él dedicaba a su amante secreta. Al principio se divertía con la trepidante narración de su padre; después le entristecía ver cómo se transformaba, cómo parecía vivir tan sólo para esa historia fingida. Al fin se atrevió a hablarle del tema. Él estaba sentado en el salón, con papeles en las manos y escribiendo algo en una libretita.
–Hola, papá... – se quedó parada frente a él, sin obtener respuesta –. Papá... ¡Papá!
–¿Eh? Ah, ¿estabas ahí? Perdona, no te había visto – y volvió a posar la vista sobre las hojas.
–¿Qué estás haciendo?
–Anoche descubrí que el agente que me captó para la investigación ha sido asesinado. Estoy contrastando las pruebas con los testimonios de algunos testigos. Sospecho que alguien importante de la policía está metido en esto.
–Pero papá... Todo eso no te está pasando a ti. Sólo es una historia, ¿recuerdas? Vamos, papá, escúchame... ¡Te estoy diciendo que escuches lo que quiero decirte! – consiguió que la mirara con rostro enfadado.
–Está bien. Habla.
–Estoy muy preocupada por ti, papá. Al principio me gustó que cambiaras... Parecía como si tomaras ejemplo de ese personaje. Comenzaste a parecerte a él en muchas cosas... Yo creía que él representaba todo lo que tú querías ser y no eras, y por eso lo imitabas. Pero ahora estás demasiado obsesionado con esto... Pasas el día concentrado en esos papeles como si no existiera nada más en el mundo.
–Me he dado cuenta de que, si durante el día colaboro en la investigación, de noche avanza más rápido – la interrumpió –. Haré lo que haga falta para llegar al final de este caso.
–Oh, vamos, papá, ¡esa historia la escribes tú mismo! – suavemente al principio, resbalaron lágrimas por sus mejillas; cuando volvió a hablar estalló en llanto –. Ni siquiera es ajena a ti, ¡es fruto de tu imaginación, es sólo cosa tuya! ¿Cómo puedes estar buscando con tanta ansia una solución que sólo tú conoces a un enigma que sólo está en tu mente? ¡Podrías terminar el caso ahora mismo, y lo sabes; bastaría con que lo desearas, con que lo escribieras!
–No. No podría. Ya lo he intentado. Todo ocurrirá a su tiempo.
–¡Hablas de ese personaje como si fueras tú mismo! ¡Papá, te estás volviendo loco!
–¿Eso es todo lo que tenías que decirme? – le cortó con dureza. Ella no respondió. Sólo siguió llorando y mirándole –. Muy bien. Ya te he escuchado, como querías. Ahora déjame seguir trabajando. La investigación no puede esperar.

******

Insomnio. n. m. Imposibilidad o dificultad para conciliar el sueño o para dormir lo suficiente.

La investigación del relato de Segismundo avanzaba, pero llegó un momento en que el caso se volvía cada vez más oscuro y difícil. También había avanzado la obsesión hasta tal punto, que el Segismundo de la vigilia decidió dejar la oficina para poder dedicar todo el día a resolver los últimos rompecabezas. Fue a su médico y se ganó una baja por depresión gracias a una interpretación magistral. Comía a deshoras para no interrumpir una deducción por algo tan banal como un plato de sopa.

Comiendo estaba ella cuando su padre irrumpió en la cocina como un vendaval. Desaliñado, sin afeitar, con el pijama puesto y agitando papeles en las manos.
–¡Ya lo tengo, hija! ¡Ya lo tengo! – gritaba. Ella se quedó paralizada por la sorpresa. Rápidamente comprendió que aquello podía significar el fin de la locura de su padre.
–¿Ya has encontrado las pruebas que incriminen a los culpables?
–¡Sí, ya lo tengo todo! ¡Todo encaja! Anoche encontré unas pistas determinantes, y hoy al fin lo he visto todo claro – se sentó frente a su hija, que le escuchaba atenta y le miraba como cuando, de niña, le escuchaba contar historias –. Ya sabes que había alguien metido en la organización que era una pieza importante de la policía. Al fin lo he descubierto todo. Es el jefe de los narcotraficantes, ¡y es a la vez nada más y nada menos que el subdirector de los servicios secretos! El jefe ocultaba su posición real en ambos bandos, policías y criminales. Seguramente la cúpula criminal lo sabe, pero los agentes de a pie no están al tanto. No permitirían que alguien de la madera estuviera al mando; se jugaba la vida si se descubría todo. Pero se empezaban a escuchar voces que rumoreaban la verdad. Su idea era desmentirlo todo metiendo un peón de la policía en la organización y sacrificándolo. Y ese peón...
–¡Eres tú! – terminó entusiasmada su hija.
–¡Efectivamente! Con lo que no contaba él es con que soy un hueso duro de roer. Le he descubierto, tengo las pruebas para incriminarle y terminar con todo esto. ¿Y sabes lo mejor? Voy a escupírselas a la cara. Anoche conseguí concertar una cita con él, sin que sepa que soy yo quien va a ir a verle. Esta noche haré todos los preparativos, y pasado mañana...
–¡Pasado mañana todo terminará!
–Sí, hija mía. ¡Todo habrá acabado! – gritó entusiasmado, y los dos se abrazaron con alegría.

Esa noche la emoción le tuvo un rato en vela. ¿Qué pasaría al final? ¿Cómo terminaría todo? Al fin el sueño le alcanzó, y a la mañana siguiente corrió a su despacho para leer qué había pasado.

La cita quedó concertada en el reservado de un bar de carretera. Allí fue Segismundo con sus papeles y una pequeña pistola escondida bajo la chaqueta, por si había problemas. Se sentó a la mesa que había preparada y esperó pacientemente. Pasados quince minutos de la hora de la cita, la puerta se abrió lentamente. Él se echó hacia delante en la silla, impaciente.

Pero no cruzó la puerta el jefe, como esperaba. Sino su amante. Tenía toda la cara amoratada y un labio roto, la ropa hecha jirones y señales de golpes en todo el cuerpo. Comenzó a musitar entre lágrimas: “Perdóname, cariño, me han obligado, yo no quería...”. Entonces lo comprendió todo. Se levantó y trató de sacar la pistola, pero antes de que le diera tiempo ya habían cruzado la puerta el jefe y tres sicarios armados. “Guárdate ese juguete”, le dijo sonriendo su antagonista. “Vamos a hablar”.

La conversación se desarrolló en privado; los sicarios esperaban en la puerta por si había problemas. Según le contó el jefe, había empezado a sospechar que él sabía demasiado; descubrió por casualidad su nuevo romance y, bajo tortura, su amante reveló lo que sabía de él. Quería saber qué había averiguado Segismundo y cómo. Escuchó sorprendido todo lo que éste le contó. Le felicitó sinceramente por su trabajo, pero le dijo que, como sabía, no podía dejarle con vida. Había elegido mal el bar para la reunión... Los dueños eran parte de la organización. Nadie volvería a verle. Llamó a los sicarios para que entraran. La mente de Segismundo volaba, febril, buscando una idea. Tal vez podría volcar la mesa y sorprenderles, lo que le daría tiempo a huir. No podía morir. Los héroes siempre ganan. Encontró una solución justo cuando se abría la puerta...

Justo en ese punto se terminaba la narración.

Ése fue el peor día de la vida de Segismundo. No podía estar quieto. No podía pasar sin saber qué ocurriría ahora. Faltaba una noche, sólo una noche, para conocer el final de la historia. Tanto trabajo, tantas preocupaciones, tanto peligro... El tiempo se alarga cuando esperas; al fin se hizo de noche, aunque parecía que nunca iba a caer el sol. Segismundo se acostó con impaciencia para soñar y escribir el final de su historia.

Sin embargo, aquella noche no pudo dormir.

Ni tampoco la siguiente. Ni ninguna más.

******

–Su caso es extrañísimo. Ahora padece insomnio crónico, un insomnio que no responde a la medicación: ni siquiera bajo el efecto de los fármacos llega usted a dormirse profundamente. Se mantiene en un incómodo estado de duermevela toda la noche. Lo siento, señor Segismundo. No puedo hacer más que seguirle recetando estos medicamentos. El día menos pensado volverá usted a dormir con normalidad.

Eso no le valía. El día menos pensado. ¿Qué sabía el médico de su angustia, de su dolor? Ahora nunca sabría el final de su historia. Jamás leería cómo pudo escapar de aquella terrible encerrona; si salvó la vida, si escapó con su amante a lejanas tierras. Nunca lo sabría. Estaba más allá del límite de la desesperación. Caminando de vuelta a casa encontró la solución. Al llegar abrazó a su hija, le dijo que la quería y entró en su cuarto.

******

Sr. Juez:
Quiero dejar constancia de los motivos que me impulsan a hacer esto. Querría también que mis palabras pudieran servir de ejemplo, o mejor dicho de contraejemplo; pero me temo que algo así está fuera de mi alcance.
Me encontrarán tumbado en la cama, con los ojos cerrados, y (espero) una expresión de dulce calma en el rostro. Encima de mi mesita de noche habrá varias cajas vacías de narcóticos y relajantes. La luz estará apagada y las ventanas abiertas, para que entre la brisa nocturna y pueda ver la luna llena mientras, lentamente, me adormezco para siempre. Porque eso es lo que quiero. Dormir, dormir, dormir...
Durante toda mi vida he sido un hombre gris, anodino y vulgar. Un pequeño y pusilánime ejemplar más del rebaño, siempre temeroso de todo: de contraer alguna terrible enfermedad, de sufrir un accidente... tal vez incluso de ser feliz. Sin embargo, un día el azar me dio un sueño por el que vivir. A lo largo de muchas noches, como una válvula de escape, una voz interior me dictaba una historia imposible (que, pese a todo, podría ser), sobre un hombre inexistente (que, en el fondo, era yo). Ése con quien siempre, en secreto, había soñado ser. Hice todo lo posible por ayudarle, por ayudarme; traté de parecerme a él, de cumplir mi sueño. Poco a poco me he ido difuminando, convirtiéndome en él (¿en mí mismo?). Ahora recuerdo y entiendo las palabras de Schnauzer: “hay algo dormido dentro de usted...”. Ese algo era yo mismo. Y cuando todo estaba a punto de consumarse, cuando creía que podía ser feliz, estalló como una pompa de jabón. Ahora no sé siquiera quién soy; no sé si quien escribe estas líneas es él o soy yo, o los dos a la vez. El Segismundo de siempre no tendría valor para quitarse la vida. El otro (¿el irreal? ¿No será acaso más real que yo mismo?) no tendría motivos. También podría ser que él fuera más real que yo; que, habiendo nacido de mí, haya cobrado existencia fuera de mí, y ahora sea más real que yo mismo. ¿Y yo?¿Acaso no puedo ser también un cuento soñado por alguien, un cuento que cree tener existencia propia? Y de ser así, ¿quién me sueña a mí cada noche? ¿Quién es mi soñador... y quién le sueña a él? ¿Qué pasaría si, como me han arrebatado a mí mi historia, se la quitaran a él? ¿Tendría valor para tomar una decisión como ésta?
Todo es demasiado cruel: ¿para qué me dio un sueño la vida, si después habría de quitármelo?
Nunca he sabido lo que era tener ilusiones, proyectos... Mi trabajo ha sido un trámite que cumplir para permitirme comer tres veces al día. Tener una hija fue encontrarme con una boca más que alimentar. Todo ha estado a punto de cambiar, cambiar para siempre. Pero no ha podido ser. Nunca he amado con más fuerza a mi hija que ahora. Ni a mi vida (no la que es, sino la que podría haber sido). Es extraño. Ahora que voy a morir tengo más ansias por vivir que nunca. Seguramente por eso quiero hacer esto; porque he comprendido lo que es la vida de verdad, pero me la han quitado, me la han quitado. ¿Quién quiere volver a la cárcel después de saber lo que es la libertad? ¿Quién quiere?
Nadie es culpable de esto que voy a hacer. Nadie más que yo mismo. No sé si por aferrarme de forma tan enfermiza a un sueño (¿qué hay más vano que las ilusiones nocturnas?) o por no haber sabido aprovechar mis años. Pero ahora quiero enmendar mi error. Ya que no puedo dormir para soñar el final de mi historia, para hacer real mi sueño, para vivir libre, ¡libre al fin!, prefiero quitarme la vida. Seguramente me tomen por loco: ¿pero acaso no murieron muchos otros por un sueño, y los llamaron héroes, profetas o mártires? Morir por un sueño...
Un sueño. Ahora tengo el valor que no tenía antes para cumplirlos. Eso es lo que voy a hacer ahora. Quitarme la vida, pero no para morir, sino para soñar... Cerrar los ojos bajo la brisa, a la tenue luz de la luna, y dormir, dormir, dormir para siempre... Dormir arrullado por la voz de mi sueño, acunado por las historias que me quiera contar la noche eterna al oído.
Nada me queda por decir. Ya saben por qué hago esto. Por un sueño.

Ha caído el sol. Noche cerrada. Ya es hora de que acabe todo.

¡No me despierten, por Dios! ¡Déjenme dormir, déjenme, déjenme!

Málaga, invierno del 2003

Posted by Santo at 7:24 PM | Comments (8)

19 de Agosto del 2004

La V Columna: Crónica de un Concierto Anunciado

[Extraído del foro de La V Columna]

Dramatis personae

Manolo Pineda: batería
Antonio el Furby: guitarra
Francisco: bajo, coros, voz
Juan Alberto el Puto: teclados
Santo: voz, guitarra rítmica
Mani: el antiguo cantante
Juancri: el groupie
DanieL: el hermano del cantante
Laura: la maquilladora
Migue: el vendedor de chapas

La culminación de tres meses y medio de trabajo constante estaba a punto de llegar. Tras el parón del campamento llegué a los ensayos con la garganta algo tocada de tanto bregar con los niños. Nunca es tan difícil curarse una afonía como en verano, cuando uno va de aire acondicionado en aire acondicionado, de cerveza fría a ron (con hielo, por favor). Por si fuera poco, necesitábamos ponernos al día tras el tiempo perdido, así que empezamos a ensayar a diario.

Suma y sigue. El martes día 10 (a 3 días del concierto), tras 2 horas largas de ensayo, fui a la tetería a hacer mi semanal espectáculo de cuentacuentos. Justamente ese día se me ocurrió estar especialmente brillante (quizá fuera por la presencia de mis dos primohermanos por parte de nadie, Alfre y Sixto) y hacer, junto a Nacho, una sesión especialmente larga y animada. A continuación pensé que sería una excelente idea marchar un rato a casa de Alfre junto a otros amigos, así que agarré el coche y tiré para allá. Por prudencia me recogí tempranito, pero no sin antes beberme algún cacharrito a nuestra mala salud.

El resultado: la total destrucción de mi garganta. A 48 horas del concierto yo estaba ronco, totalmente ronco, con un dolor horrendo. Fui a ensayar, más que nada por hacer acto de presencia. Todo el miércoles y el jueves los pasé tomando jarabitos, haciendo gárgaras con miel y limón (remedio cuasimilagroso que, todo he de decir, me da un asco terrible) y pasando un calor demencial por no utilizar aire acondicionado alguno. Bueno, y poniéndole velitas a San Cucufato (los huevos te ato) para que encontrara mi voz perdida.

Ocurrió el milagro. El viernes 13, día del concierto, me levanté totalmente nuevo. Un ligerísimo dolor me recordaba la ronquera de los días anteriores, pero sabía que eso no iba a impedirme estar al 100% en el escenario. Me levanté temprano, cargué el coche con todo lo necesario y conduje hasta Almogía.

Imagino que la gente del pueblo debió quedarse un poco sorprendida cuando vio, durante las pruebas de sonido, que el cacareado nuevo cantante de La V Columna era un tipo canijo, desgarbado, que había tenido el rostro de venir a dar un concierto en pantalón corto y chanclas. Yo me reía pensándolo mientras probábamos la voz, la guitarra, el bajo. El tito Miguel (tito de Juan Alberto, aunque yo me meta debajo del ala. Muchas gracias, tito) se paseaba por el escenario, por la zona del público; hablaba con el técnico, nos daba consejos y se aseguraba con su experiencia y buen hacer de que todo saliera a pedir de boca.

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Cuando todo quedó listo nos retiramos a comer. Yo me acoplé junto a Juancri en casa del Puto a comer. Allí me pegué una ducha y me vestí con los habíos de matar. Cuando dieron las cinco de la tarde ya estábamos todos los miembros de La V Columna en la calle Carril, observando la situación y esperando el momento decisivo de empezar a tocar. El escenario, más o menos de cinco por tres metros y elevado casi un metro, estaba a un lado de la pequeña placita que forma la calle. Los minutos iban pasando y la calle se llenaba de gente. Yo no quería empezar aún: me faltaban Laura y DanieL. Sin ella no pensaba empezar a tocar; sin él no habría vídeo del concierto. Justo cuando empezamos a subirnos llegaron con la lengua fuera. Mientras DanieL colocaba la cámara en el balcón de Mani, Laura me colocaba a mí el rímmel en las pestañas.

Ya estaba todo listo. Salimos todos al escenario. Sin esperar ni un segundo, sin saludar, el Furby empezó a arrancar de la Gibson Les Paul el riff de Escuela de calor. Pineda marcaba el ritmo que, tímidamente, alguien del público empezaba a seguir con las palmas. Nos unimos todos a la música, y por un momento me aterroricé. Aún notaba un leve dolor en la garganta, y la primera palabra de Escuela de calor empezaba con una nota aguda a la que me costaba llegar sin desafinar. Ni siquiera había calentado la voz. Y, al fin y al cabo, era la primera vez que salía a cantar a un directo con un grupo. Pero no tenía tiempo de dudar: llené el pecho de aire y lancé mi voz, que resonó por toda la plaza clavando la nota. La canción avanzó estupendamente hasta que me dio por empezar a saltar mientras tocaba la guitarra; la correa se soltó, y tuve que seguir tocando de rodillas y engancharla a toda prisa entre estrofa y estrofa. Pero acabó la canción sin problemas: "muchas gracias, somos La V Columna", y muchos aplausos.

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Todas las peripecias habían de ocurrirme en las tres primeras canciones. Después de la broma de la correa, presenté al grupo y empezamos a tocar Duerme conmigo, de Jarabe de Palo. El cable del micro se soltó, con lo que tuve que cambiarme al micro de Francisco mientras arreglaba el estropicio. En la siguiente canción, El cadillac solitario, me volvió a hacer la misma jugarreta. El ayudante del técnico se acordó entonces de que no me había puesto el seguro para que no se soltara el cable y salió a arreglar el estropicio.

Con nuestro personalísimo arreglo de El cadillac se acabó la primera tanda de versiones, y también los problemas e imprevistos. A partir de ahí el concierto fue subiendo de intensidad, y el público cada vez estaba más cerca de nosotros, más atento a nuestra música y a mis palabras. Después vino Mujer de mil caras, una potentísima balada con el toque personal del siempre acertado piano del Puto. El público se emocionó conmigo cuando, mientras me colgaba la guitarra por segunda vez, dediqué La senda del tiempo a mi antiguo grupo, Andén 13, al que tantas horas dedicamos y con el que no conseguimos dar ningún concierto. "Creo que todos nos la sabemos: vamos a cantarla muy fuerte, a ver si nos escuchan desde Campanillas y podemos darle un poquito de envidia al pueblo de al lado", dije, y el público me hizo caso: cantó con nosotros el estribillo y aplaudió los excelentes riffs de la Gibson del Furby. Enlazamos el segundo estribillo de La senda con el Knocking on heaven´s door. "Ésta también os la sabéis, coño", grité: y con sus voces me demostraron una vez más que no estaba en un error.

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Después llegó, para mí, uno de los mejores momentos del concierto. Fue totalmente improvisado, pero estoy seguro de que ensayado no habría salido mejor. El Mani aceptó subir al escenario conmigo para cantar Destierro, un tema nuestro que me ha dado muchos dolores de cabeza; y en un tono que no era el suyo me enseñó cómo se canta de verdad esa canción. Cantamos cada uno una estrofa y juntos el estribillo, y cuando sonaron los últimos acordes y empezaron a sonar muy fuerte los aplausos nos abrazamos emocionados.

"Les dejo con las cálidas y blandas manos de Francisco, el cartero que siempre llama dos veces", me despedí. Imagino que la gente se preguntaría a dónde me iba con tanta prisa. Todo por el espectáculo: subí corriendo a casa del Mani, me cambié de ropa mientras Francisco cantaba (estupendamente, por cierto) Como ayer, otro tema nuestro; y volví a todo correr al escenario, vestido de negro y con zapatos de pico. Por cierto que casi me mato de un resbalón por el camino.

Casi sin resuello subí al escenario. "El hombre es un animal sorprendente. Escribe las más hermosas canciones y corta las manos de aquellos que las cantan. Fabrica algo tan útil como el acero y crea con él armas para matarse entre sí. El hombre es capaz de hacer lo mejor y lo peor. Esta canción habla de ello". Mientras Juan Alberto hacía sonar en el sintetizador los acordes introductorios de Dualidad, yo presentaba así mi canción preferida de La V Columna. Durante los siguientes seis minutos sonó Dualidad como nunca. Manolo se entregó a fondo y clavó todos los cambios de ritmo; Francisco dio un auténtico recital al bajo; la Gibson, los teclados y la voz se pusieron de acuerdo para que, una vez más, este tema diera lo mejor de nosotros, el sonido más directo, más unido y personal. Cuando terminó la magia el público aplaudió con fuerza.

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Aún quedaba concierto. Todos bailaron y cantaron con nuestro segundo popurrí, I want to break free + Sabor de amor; incluso bajé del escenario a cantar y a saltar (aunque tuve que volver a subirme corriendo, porque llegaba tarde a una estrofa). A estas alturas el público ya estaba totalmente entregado. Todos cantaban con nosotros, seguían cada movimiento nuestro y nos animaban a continuar con sus palmas y las manos levantadas.

Después llegó nuestro tema estrella, nuestro rock´n´roll: Poetas no alineados. Dediqué la canción a mi hermano, por meterme en la música con su ejemplo; a mis amigos, por venir desde Málaga; también al resto de miembros del grupo, por hacerme un hueco tan rápido entre ellos. "Venga, que el estribillo es muy fácil, cantadlo conmigo", pedí al público. No hizo falta repetirlo dos veces. Tampoco gritar que dieran palmas o bailaran.

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Anuncié So lonely como el último tema del concierto. Tras hartarnos de saltar y bailar con el ritmillo reggae y las subidas de intensidad aproveché para presentar a los componentes de la banda y presentarme yo mismo (hubo aplausos y hasta claveles para todos). Terminada la canción, no nos dio tiempo ni siquiera de salirnos del escenario cuando ya nos pedían otra.

Me colgué la guitarra por tercera vez para tocar The eye of the tiger. "And he´s watching us all with the eye...", grité al micro, y quedó el acorde en suspenso; Manolo y Juan Alberto hicieron sonar la introducción de otro de nuestros mejores temas, el potente ritmo de El grito silencioso. "¡¡Éste sí es el último tema, y se llama El grito silencioso, así que hay que gritar más fuerte y saltar más alto!!", bramé, y la gente no dudo en responder. Yo estaba ya agotado, pero eché los restos de la carne al asador para darlo todo en la última canción. No quería que nadie olvidara este final de concierto. Y no creo que lo olviden: después de saltar, dar palmas y vocear la pegadiza letra de El grito hasta cansarse, el público se apartó para abrirme paso cuando me bajé del escenario con el micro. En medio de toda la gente salté, bailé y canté; allí terminé de darlo todo y de hacer sonar mi voz más fuerte que nunca. Subí al escenario con la última nota de la canción. Los aplausos sonaron más fuerte que en todas las demás canciones, e incluso nos pidieron más bises. Espero que todos curen las ganas de más canciones de esa tarde viniendo a nuestros próximos espectáculos.

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Y después del concierto, la locura. No sé ya a cuánta gente saludé, a cuánta gente di la mano ni cuántas felicitaciones recibí. Incluso firmé autógrafos a unos niños pequeños, y escuché unos cuantos piropos de algunas niñas con mucha vergüenza (uno no está acostumbrado a esto). A lo largo de toda la noche (que, por supuesto, pasé en el pueblo celebrando el éxito) mucha gente se me acercó a decirme que se lo había pasado estupendamente.

Después de tanto trabajo, ésta es nuestra recompensa: saber que la gente se divirtió. Y es lo mejor que un músico puede desear. Desde aquí quiero dar las gracias a todos los que asistieron, por pasárselo bien junto a nosotros (porque, al fin y al cabo, de eso se trata). También al resto de miembros de La V Columna por confiar en mí al principio y darme esta maravillosa oportunidad. Y por supuesto a todos los que desde el día del concierto entran en el foro del grupo, o preguntan cuándo será el próximo, o llevan puesta una de las chapas con nuestro logo que vendimos el día del concierto: sin vosotros, sin vuestro apoyo, no merecería la pena seguir adelante. Gracias, muchas gracias de corazón.

¡Que siga el espectáculo!

Santo
La V Columna

Posted by Santo at 10:25 PM | Comments (16)

Barnasaga en Todos los lunes

En serio, necesitáis leer esto.

Y ya puestos, el resto del blog.

Posted by Santo at 9:05 PM

14 de Agosto del 2004

Telegrama

Recién llegado de Almogía. STOP. El concierto, un éxito. STOP. La feria, también. STOP. Pronto escribiré alguna crónica. STOP. Supongo.

Visitad el recién creado foro de La V Columna.

Posted by Santo at 4:08 PM | Comments (2)

12 de Agosto del 2004

Pregúntale

2º premio Generación del 27, año 2002

Para Laura, que nunca llegó a contestarme.

Pregúntale a tus ojos,
gata de espuma,
si me han robado el alma
con su dulzura.

Pregúntale a tus labios,
flor sin espinas,
si al pasar se han llevado
toda mi vida.

¿Cómo saber si es amor
lo que en mi pecho aletea?
Si mi sangre burbujea,
¿cómo saber si es amor?

¿Cómo sé, si el corazón
no me cabe ya en las manos?
Si ardo, exploto y me derramo,
¿cómo saber si es amor?

¿Cómo huir de este dolor
si muero con tal de verte?
Si tu ausencia me da muerte,
¿cómo saber si es amor?

Pregúntale a tu pelo,
noche sin luna,
si enredado en él vivo,
y en tu cintura.

Pregúntale a tu amor,
beso de nieve,
pregúntale, mujer,
que si me quiere.

Málaga, abril del 2002

Posted by Santo at 3:10 PM | Comments (3)

6 de Agosto del 2004

Historias de mi barrio II

El árbol

Cuando mi padre lo trajo no era más que una ramita con tres brotes verdes. Aún así lo plantamos en una maceta que yo ni siquiera podía abarcar con mis brazos, porque "no sé qué árbol es, pero un día crecerá", me dijo. Cuando todos se fueron, yo me senté en la terraza junto al árbol y acaricié una de las puntas verdes que sobresalían del leve tronco. ¿Crecerás antes de que yo me haga mayor?, le pregunté. ¿Serás más alto que yo? Se estremeció un poco y luego calló. Creo que había decidido esperarme.

Durante meses me sentaba en el suelo al lado de la maceta a leer. Los tres brotes se convirtieron en hojas. "Se está tomando con calma el asunto de crecer", decía mi padre. Yo sonreía y no respondía nada. Pasaba el tiempo, y yo dejaba de ser niño cada día un poco más. El árbol empezó a ganar altura y mostrar nuevas ramas. A la vera de su maceta blanca, todas las tardes yo le contaba todo aquello del mundo que iba descubriendo, y él me escuchaba.

Con los años crecimos tanto que ni yo cabía en mi vieja cama ni él en su vieja maceta. Una tarde reventó con sus raíces el plástico blanco; fue el mismo día que discutí con mi padre porque no quería dejarme salir de noche. El árbol había crecido casi un metro, y mostraba ya orgulloso una pequeña copa de hojas brillantes. No podíamos dejarlo languidecer en mi terraza, así que lo transplantamos a un alcorque vacío de mi calle.

En menos de dos semanas todas sus hojas verdes se volvieron viejas y amarillas; así que yo empecé a bajar cada noche con una garrafa de agua a regarlo. Mojaba sus ramas para limpiarlo del polvo y del calor, y empapaba su tierra reseca y cuarteada por el verano. Muchas veces escuché a las viejas de mi barrio, sentadas junto al árbol en un banco, decirme que deberían arrancarlo y sustituirlo por otro que diera verdadera sombra, en lugar de esa rama escuchimizada. Yo me enfadaba, y pedía paciencia. "Un día crecerá, estoy seguro. Denle tiempo."

Terminó el verano y el árbol volvió a lucir su color verde brillante, y siguió creciendo, lentamente pero sin detenerse. Yo aún bajaba a darle agua y a hablarle. La primera vez que quise llorar y gritar y romperlo todo por una chica esperé a que el mundo durmiera y me senté a su lado. "No imaginas lo que me ha pasado." El viento desplegó sus nuevas ramas juveniles; yo sabía que me estaba escuchando con atención.

Han pasado los años y el árbol ha crecido hasta ser más alto que yo. Cubre el banco con la ancha sombra de su copa y no agoniza de sed cuando llega el verano. Yo también he crecido, y ya no descubro tantas cosas nuevas del mundo, ni me hacen llorar las mujeres como antes. Hace mucho que no hablamos: nos hemos hecho adultos y ya no necesitamos el uno del otro. Sin embargo, cuando llego a casa de noche siempre me detengo un segundo a su lado.

Buenas noches, árbol.

El viento mueve sus ramas fuertes, y sé que me está contestando. Buenas noches, Antonio.

El árbol
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Posted by Santo at 4:15 PM | Comments (12)

5 de Agosto del 2004

La V Columna, en concierto

El viernes 13 de Agosto a las 17.00, en el escenario de la feria del día de Almogía, sito en la calle Carril, ¡concierto de La V Columna!

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Muchas gracias a Xabi, autor del cartel, por habérselo currado tanto. Eres un monstruo.

Posted by Santo at 3:52 PM | Comments (3)

2 de Agosto del 2004

De perfil, en Málaga Hoy

Aquí está lo que el periódico Málaga Hoy ha publicado sobre mí en el suplemento Sol y Sombra de hoy:

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Se ha quedado el 95% de lo que le conté en el tintero, como es normal. De todos modos es un texto muy halagador. Lo único que lamento de veras es que no haya escrito nada de La V Columna, con el hincapié que le hice en el asunto del grupo...

Posted by Santo at 1:25 PM | Comments (16)

1 de Agosto del 2004

He vuelto

Después de 15 días desaparecido en combate, ayer al fin regresé al mundo cotidiano. En los primeros días de mi viaje con Delirio me he dado el tremendo gustazo de ver en directo otra vez a Iggy Pop (en esta ocasión, con los Stooges de nuevo reunidos), y de ver en vivo por primera vez a The Cure, Muse y The Darkness. También he tenido que aguantar algunos tostones, como los infumables Lilith (¿qué hacía allí una españolada tan cutre compartiendo cartel con Iggy?), Starsailor (un buen concierto que, por otra parte, no me dijo nada en absoluto) o Lou Reed (y el caso es que Reed me gusta mucho, pero hace años que dejó de ser lo que era). Además, después de 3 años sin vernos, me volví a encontrar con una vieja amiga de la Ruta Quetzal (con lo grande que es el mundo, Carmiña, y nos da por cruzarnos en la misma parada de bus, en una ciudad que no es ni tuya ni mía). Incluso he estrechado la mano del cantante de los Darkness (un chico muy simpático y bastante excéntrico). Por otra parte, me he llevado algunos cabreos que no vienen al caso.

Después de los cuatro días en Santiago, Delirio y yo rodamos hacia León, donde empezamos un nuevo campamento scout con nuestros niños (concretamente, 17 animalejos de entre 8 y 11 años). Para Delirio, el segundo; para mí, el décimo. Durante esos 12 días nos han pasado muchas cosas, ratos buenos y malos que nos dan los muchachos. No hay sitio aquí para contarlo todo de una sola vez.

Además, éste es el post número 100 de Diverso Variable. Quizá debería aprovechar para la típica reflexión de "por qué un blog, por qué así" y todo eso, pero no me apetece. Creo que todo el mundo sabe ya a estas alturas para qué nos creamos un blog. Sólo quiero dar las gracias a las aproximadamente 20 personas diarias que leen este blog. Si no fuera por ellas ya me habría desanimado hace mucho tiempo. Ojalá supiera quiénes sois todos vosotros para daros las gracias con nombre y apellidos.

Por último, dos noticias: el viernes 13 de Agosto a las 17.00 doy un concierto con mi grupo, La V Columna, en la Feria de Almogía (Málaga). Estáis todos invitados. Además de eso, esta tarde me hacen una entrevista para el periódico MálagaHoy, en mi papel de joven artista malagueño. Supongo que saldrá mañana. Ya pegaré el recorte.

Un abrazo a todos.

Posted by Santo at 2:36 PM | Comments (1)